Con todo el infinito en los ojos el príncipe se le acercó; cuando sus manos blancas la tomaron estaba ella tan deslumbrada que ni siquiera notó que perdería la vida al ser cortada. Fue en ese instante que cada estrella brillaba escandalosamente desde aquellos ojos.
A él le impresionaron su aroma silvestre, su color desnutrido y cada alargado pétalo deseoso de ser arrancado. Necesitaba por sobre todas las cosas saber si lo quería, así que fue quitándolos uno a uno de su noble cuerpo "amarillamente" redondeado.
La margarita era tan feliz entre sus manos que no le importó ser deshojada, después de todo ella era una flor sin perfume, sin formas elegantes... una simple flor destinada a morir entre unas manos y un te quiero.